Se cuenta que Hugo Sánchez evitaba patear al arco durante los entrenamientos. No porque no quisiera practicar, sino porque prefería “guardar” los goles para el partido.
Historias así existen por montones en el fútbol. Porque hay deportes que se juegan con estrategia, técnica o talento. Pero el fútbol, especialmente en México, también se juega con rituales que han permanecido a lo largo de los años.
Con la playera que no se lava durante toda la temporada porque “ha dado suerte”, con el lugar exacto desde donde se ve el partido; con el mensaje de “hoy gana México” que siempre aparece en el grupo familiar, con el vecino que grita el gol antes que la televisión o con las cábalas, las reuniones improvisadas y las pequeñas supersticiones que aparecen cada cuatro años en México cuando llega el Mundial. Porque en nuestro país el fútbol vive en todo lo que pasa alrededor.
Y quizá por eso la Copa Mundial de la FIFA 2026™ tiene un lugar tan especial en nuestra cultura. Durante unas semanas, el país cambia de ritmo: las comidas se recorren, las oficinas se detienen unos minutos, las ciudades se llenan de jerseys y cualquier espacio puede convertirse en tribuna. Todos queremos sentir que, de alguna forma, también somos parte del juego y no quedarmos fuera de un partido.
Son códigos compartidos que pasan de generación en generación y que terminan convirtiendo momentos cotidianos en recuerdos emocionales. Y también explican por qué los mexicanos tenemos una relación tan especial con lo coleccionable.
Guardamos boletos, camisetas, fotografías, vasos de estadios, álbumes o cualquier objeto capaz de regresar a un instante específico del partido. Porque, para nosotros, lo coleccionable rara vez es solo un objeto: es una forma de conservar emociones, extender los rituales y sentirnos parte de algo más grande.
Inspirada en esa manera tan mexicana de vivir el fútbol, Rexona presentó su colección de latas edición limitada de la Copa Mundial de la FIFA 2026™, una serie de cuatro diseños coleccionables que representan algunas de las emociones, símbolos y rituales que acompañan al torneo dentro y fuera de la cancha.
Po ejemplo, “Cielito Lindo” es una de las latas inspiradas en ese momento en que miles de mexicanos, en un estadio, una sala o incluso viendo su celular, terminan cantando al mismo tiempo “Ay, ay, ay, ay” como una forma de celebrar, acompañar y apoyar. Porque más que una canción, “Cielito Lindo” se ha convertido en uno de los sonidos más reconocibles de México cuando juega la Selección Nacional de México: un ritual que aparece generación tras generación y que transforma cualquier espacio en tribuna.
Desde el grito que une a desconocidos hasta la ilusión que regresa cada cuatro años, cada diseño busca capturar una parte de esos códigos culturales que aparecen cuando rueda el balón y el país entero parece hablar el mismo idioma. Porque si algo ha demostrado el fútbol en México, es que hay recuerdos que duran mucho más que noventa minutos. Y rituales que terminan convirtiéndose en parte de quiénes somos





